lunes, 4 de julio de 2011

Estímulo 4

La esfinge de acuarela descansaba en un fondo azul noche y, desde su pared, no pretendió nunca sacarnos los ojos de encima. La juventud en la sala, incoherente con los adornos que triplicaban sus edades, vivía a pesar del tiempo que apolillaba los muebles.
Sentados en el piso se veía el mundo distinto. Todos caminaban, derramando chorros de trago en la alfombra y pisando las colillas que fumaban. Nadie miraba abajo. Pero ahí estábamos, entre risas y conversaciones inútiles, totalmente inútiles porque mi intención no era conocerlo. Su voz trataba de sonar más grave y seductora pero yo sólo lo miraba, con lo que parecía complacer su fantasía. Así continuamos, como un juego largo que esperaba que termine. Aprovechaba su turno, afanoso y atento a lo que yo, su rival, podría llegar a hacer. Pero mis jugadas eran vagas e iban acompañadas con sorbos de alcohol. 

La pintura nos seguía mirando pero yo era la única que se había dado cuenta. “Finge”, me repetía, y las piezas ahora coincidían en mi campo. Entonces le obedecí. Me prestó sus alas y escapamos de ese lugar cargado de años. Los postes de la avenida apenas iluminaban mi cara. Su luz no era suficiente para dar claridad pero tampoco se llegaba a apagar, como la ansiedad que nos invadía. Sus párpados cubrían el jardín de su mirada, cada vez más lento, cada vez más cerca. Rogaba por un beso y el brillo de sus ojos me sumergía en un agobiante asfixio. El balanceo de su cintura iba y venía con la mía. La suya…la suya y la tuya. En mis rodillas se rompía el poco sostén que amenazaba con irse de mi cuerpo. Tratamos de apoyarnos y en una pared carcomida por la humedad nos besamos.

Pero sus brazos nunca pudieron contener el vaivén de mi alma.

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